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La literatura y el poder /Jorge Edwards


Todo el poder para los soviets, decía Lenin en 1917, en el comienzo de un capítulo que sólo se ha empezado a cerrar en estos últimos dos años. Todo el poder para nosotros, dice ahora Jaime Collyer, que parece hablar en nombre suyo y de sus compañeros de la nueva generación literaria. También dice, en un artículo publicado hace un par de semanas en Apsi y que fue colocado, seguramente por distracción de los editores, en la sección "Cultura": "Nada podrá ya desalojarnos de las trincheras". Como la idea del "desalojamiento" se reitera a lo largo del texto, agrega al final, después de referirse a los escritores de las generaciones anteriores: "Vamos a desalojarlos de la escena literaria a parrafadas y/o patadas, según sea el caso".

Como ejemplo de reflexión crítica, digo yo, el ejercicio de Collyer no deja de ser original y revelador. Es una forma nueva de la vieja querella de las generaciones, pero es, por desgracia, una forma degradada. Me imagino que no todos sus compañeros se sienten identificados con este lenguaje. La generación mía, que después seria bautizada como "generación del cincuenta", libró a comienzos de esa década una batalla áspera, dura, sin contemplaciones, contra los maestros del criollismo, contra los Durand, los Mariano Latorre, los Eduardo Barrios, pero fue una batalla eminentemente intelectual. Combatimos con la cabeza, no con los pies; con argumentos, no con patadas. Lo hicimos en nombre de una concepción determinada de la literatura y en contra de otra que ya nos parecía anticuada y monótona, estéril. Algunos de nuestros predecesores se irritaron y otros nos defendieron con simpatía. Luis Meléndez declaró en un programa de radio que yo era un petulante, un afrancesado que demostraba "olímpico desdén por lo nacional", un rara avis. Ricardo Latcham, que salió en mi defensa, dijo que un escritor joven estaba en su perfecto derecho si prefería el Ulises de James Joyce a los Cuentos del Maule de Mariano Latorre. A todo esto, el propio Latorre se me acercó una mañana en el café Haití, acompañado de una mujer joven y atractiva, y me dijo, sonriente: "Sé que usted no me ha leído a mi, pero yo, en cambio, he leído sus cuentos y me han interesado mucho". Como decimos los afrancesados de antes y de ahora: "Chapeau". Me parece que el error esencial de Jaime Collyer y de sus presuntos representados consiste en plantear la polémica literaria en términos de poder, e incluso de poder militar, puesto que se nos habla de infiltración, de trincheras, de divisiones de combate, de caídos e inmolados, de ocupaciones y desalojamientos. Deberían comprender, en primer lugar, que todos, los viejos y los jóvenes, fuimos hostilizados, censurados, arrinconados por la dictadura, y que todos, o casi todos, luchamos por la restauración de la democracia en el país. No hay aquí una cuestión de trincheras o de privilegios nuestros superiores a los de ellos. En seguida, ya deberían saber, porque al fin y al cabo no son tan jóvenes (cuando yo polemizaba con los criollistas tenia veinte años recién cumplidos), que en Chile el poder literario simplemente no existe. Un éxito editorial grande significa una venta de seis mil ejemplares. Un artículo, salvo muy raras excepciones, alcanza, si es que lo pagan, para comer con la pareja en un restaurante bastante mediano. Si a uno lo invitan a dar una conferencia, el invitante supone, por regla general, que hablar no cuesta nada. El pago más frecuente es un pisco sour, o una sonrisa. ¿De qué poder hablamos, entonces? Si Collyer y sus amigos tienen tanta ambición como la que se exhibe en el artículo de Apsi, creo francamente que deberían cambiar de profesión. Todavía están a tiempo de hacerlo. Deberían dedicarse a los negocios o a la política, las únicas cosas que dan poder en Chile. La literatura no lo da, y escribir para conseguirlo es una forma práctica de perder el tiempo.

Mi generación tuvo una sola ventaja con respecto a la de los jóvenes actuales, pero ahora comprendo que fue una ventaja importante. En mi tiempo nadie se imaginaba, ni siquiera en sus sueños más audaces, que escribir pudiera dar dinero, influencia, poder político. Asumir la vocación literaria implicaba en alguna medida muchas veces muy seria, un desafío al orden social, un desplazamiento, una marginación. Casi siempre obligaba a renun-ciar a una posibilidad cierta de poder. Ahora, en cambio, circulan imágenes de popularidad, de éxito internacional, de dinero, que son inevitablemente perturbadoras. Yo siento verdadera nostalgia de los tiempos en que sólo apostábamos por la literatura. Uno se buscaba la forma menos incómoda posible de ganarse la vida y escribía en la madrugada, en la noche, en los interminables domingos, en forma casi clandestina. Si uno leía un cuento inédito a una audiencia compuesta, pongamos por caso, por Lucho Oyarzún, Enrique Lihn, Jorge Sanhueza y Alberto Rubio, y esa audiencia lo celebraba, uno se sentía mucho más feliz que ahora al verse en una lista de libros más vendidos. Si después comprobaba de cualquier manera, que el texto había llegado al corazón de un lector enigmático y desconocido, la felicidad era doble. Una vez, a mis veinte y tantos años, se me acercó en Chillan un mapuche que hablaba el castellano con cierta dificultad y me manifestó su admiración por uno de los relatos de El Patio, uno que transcurría en Santiago y en los salones polvorientos de una señora excéntrica. Me pareció una demostración de la vitalidad de la literatura, de su capacidad de traspasar barreras y fronteras, y de hacerlo, precisamente, con el poder de las palabras y ningún otro. El recuerdo de ese episodio todavía me convence que escoger la literatura, después de todo, no fue una equivocación.

Nosotros condenamos en los años cincuenta la estética del criollismo y eso nos llevó a cometer algunos errores de juicio literario. Una estética limitada puede producir obras interesantes. Algunos cuentos de Luis Durand y de la juventud de Manuel Rojas bastan para que el criollismo se salve. Claro está, llegar a esta conclusión supone una revisión, una reflexión adicional. Exige comprender en alguna etapa esa necesidad de un juego dialéctico entre la tradición y la invención, entre el orden literario y la aventura. Todo está dicho, pero todo hay que asimilarlo. Ya que Jaime Collyer, a quien respeto como autor de ficción y en algunas páginas, incluso, admiro (aun cuando no creo que todavía "escriba como los dioses"), nos dice que entregó hace años su carné del partido, le recomiendo que se haga revisionista. Es lo único que puede salvarnos a todos de la lógica militar tan estrecha, tan simple y tan asfixiante que utiliza en su texto.

Jorge Edwards
El whisky de los poetas (Santiago de Chile, 1994)

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